
Por Cynthia Sabat*
Nuestra relación con la época que nos toca vivir podría definirse por la inclusión o exclusión que medie entre nosotros y la tecnología de uso doméstico. Quienes no somos nativos digitales tenemos el desafío de poner a prueba nuestra capacidad de acercarnos, adaptarnos y servirnos de un universo que nos es, por naturaleza, ajeno: el mundo digital. Leer el diario en la notebook cada mañana; compartir con miles de usuarios nuestros comentarios sobre una noticia; subir a Facebook una foto de lo que acabamos de hacer; o calificar en un blog de cine una película que nos gustó con 5 estrellas, son para muchos (cada vez más) prácticas diarias (y naturalizadas) de nuestra vida digital. Pensemos en el acceso a pantallas y productos audiovisuales que tenemos diariamente, comenzando por el televisor, siguiendo por el iPhone y terminando en Youtube o en un videochat con algún amigo a través de Skype. La web 2.0, plataforma digital en la que los sitios actúan como lugares de encuentro; donde los consumidores se convierten también en productores (prosumers) y donde se puede compartir imágenes, audio, video y texto en forma instantánea con miles de usuarios alrededor del planeta, nos impone desafíos a cada instante. ¿Cómo saber quien se esconde detrás de un nombre de usuario? ¿Cómo saber que un dato levantado de Wikipedia es verdadero? ¿Cómo comprobar que un video subido por un usuario no es trucado? ¿Cómo conocer la fuente de una información que fue replicada miles de veces como un virus? La masificación exponencial de Internet y su relativa democratización (no olvidemos a los más de mil millones de pobres en el mundo que difícilmente tengan alguna vez acceso a ella), dio como resultado un verdadero caos de contenido que tiende a mezclar y unificar todo lo escrito a un mismo nivel. Comentarios de usuarios, cables de agencias de noticias, opiniones de bloggers, todo tiende a ser (y parecer) la misma cosa en la web. Esto plantea un doble reto: para quienes buscan información, el desafío es saber “leer” una búsqueda (más allá de los links que nos devuelva Google); para quienes la producen, es llegar a los lectores con la máxima precisión y fidelidad.
La revolución social: la crítica en jaque
El periodismo en general, y en particular la crítica cinematográfica, no escapa a los peligros que imponen las redes sociales. Los beneficios que ofrecen Facebook, Myspace, Twitter o Sonico a la hora de diseminar información de forma casi instantánea están claros, pero no así sus riesgos.Aclaremos antes un concepto. La crítica cinematográfica se divide en dos tipos con características distintas. Por un lado, la crítica académica, que apunta a un lector experto, y realiza un análisis metódico a partir de saberes como la teoría y la estética cinematográfica. Este tipo de crítica se encuentra en publicaciones académicas y especializadas, y no apunta a crear en el lector la expectativa de ver el film ni se rige por la actualidad. Por otro, la crítica periodística, que se publica en diarios, revistas y blogs, y suele apuntar a un lector que pretende enterarse de los estrenos. El lector busca información y opinión, que muchas veces se ve graficada (y reducida) en las cuestionadas estrellas que acompañan el texto, o acompañadas de las carteleras de cine, para saber dónde ir a ver determinado film. De estos dos tipos de crítica, la crítica periodística es la que fue puesta en crisis por la web 2.0. La incansable actividad de los prosumers puso en jaque a los periodistas especializados y a los críticos, al presentar batalla con una bandera tan estimulante como perturbadora: todos somos críticos de cine. Esta afirmación parece verdadera, pero ¿lo es realmente? La libertad que cada usuario tiene de dar su opinión sobre determinado film, pone en juego la responsabilidad que le cabe al crítico a la hora de defender su tarea: los críticos cinematográficos tienen el gran desafío de formarse y de producir textos de alta calidad, alejados del maniqueísmo del “me gustó-no me gustó”, donde el lector encuentre una visión, una argumentación y un análisis a la vez rico y profundo. La firma es de vital importancia en una crítica cinematográfica; el lector-usuario de la web debe saber “leer” quién es la persona que firma un texto crítico. Por otra parte, el periodista de cine tiene en la web 2.0 un lugar privilegiado para hacer circular sus textos. No es raro encontrar que la mayoría de los críticos de cine de los medios masivos de comunicación tengan sus propios blogs, donde no suelen reproducir lo que publican en sus respectivos medios, sino que experimentan una saludable libertad al escribir textos originales, sin la presión de tener que responder a una línea editorial o entrar en conflicto con determinados intereses como, por ejemplo, los del departamento de marketing.
La crisis de las pantallas
Con su capacidad de reproducción instantánea e infinita, la web 2.0 y sus nuevos dispositivos, los smartphones, no sólo pusieron en crisis a la crítica cinematográfica sino a su propio objeto: el cine. La pregunta acerca de qué es el cine hoy parece más pertinente que nunca, mientras es cada vez más intensa la certeza de que circula entre nosotros una cantidad inédita e inabarcable de producción audiovisual. El mismo nivel de democratización de la información que trajo Internet, llegó en los 90s a la producción audiovisual de la mano del video digital. Lo que vino después ya es historia. Hoy son cada vez más las salas que proyectan en Alta Definición; películas enteras pueden verse gratis en Youtube o en sitios especializados como The Auteurs, y nanopelículas realizadas con celulares son objetos de festivales y muestras que compiten en popularidad con los festivales de cine tradicionales. Mientras algunas ideas que creíamos eternas pasan a ser relativas o directamente obsoletas (como la “propiedad intelectual”, o el concepto de “original”), el negocio del cine se redefine para no morir en el intento. Las salas 3D son ahora la clave de la supervivencia de los multicines. Y mientras el cine de autor y el cine arte continúa su lento camino de difusión a través del DVD o de las descargas, los “tanques” de Hollywood apuestan a megaestrenos globales, y apuran el lanzamiento de sus ventanas (la televisación y la salida en Blu-ray), para darle batalla, aunque sea un poco, a la piratería y los downloads.Hace pocos días apareció una nota en un diario que da cuenta de esta crisis. La nota se titulaba Twitter,el enemigo número uno del cine, y alertaba acerca de la velocidad que da el microblogging (140 caracteres que responden a la pregunta de qué estás haciendo ahora, y que puede enviarse desde un celular) a grandes audiencias para emitir sus opiniones y socializarlas con millones de usuarios alrededor del mundo de forma instantánea. Más allá del tono escatológico de la nota, la preocupación de las majors (las grandes distribuidoras que manejan el negocio cinematográfico mundial) se sustenta en que sus principales estrenos están destinados a los jóvenes (se sabe: el segmento de consumidores más rentable del mercado), y que su acceso a las redes sociales es tan alto que, ante una mala recepción, temen que colapsen sus expectativas de ganancias. Si alguna vez fue cierto aquello de que todo lo sólido se desvanece en el aire, hoy lo es mucho más. A una realidad social de compleja lectura, se le suma la pregunta acerca de qué hablamos hoy cuando hablamos de analfabetismo, de educación, de lectura y de inclusión. Una última noticia del futuro digital que ya se vislumbra. La segunda generación de la web ya tiene sucesora: la web 3.0 o web semántica será más intuitiva, los buscadores brindarán información personalizada para cada usuario, y tendrán acceso de una base de datos global. Los futuristas piensan en una web más inteligente respecto de los deseos, intereses y necesidades de los usuarios. Pero para comprobarlo habrá que esperar.
+ Blogs y sitios de crítica de Cine
Julio 2009
*Cynthia Sabat es docente, periodista de cine y especialista en social media. Esta nota fue publicada originalmente en la revista La Rotonda del Espacio Cultural El Sábato de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, septiembre 2009.