domingo, diciembre 11, 2011

Otra lectura de “El estudiante” de Santiago Mitre


A poco de terminar el 2011 comienzan a aparecer las listas de mejores películas del año. Es de esperar que en casi ninguna lista de los mejores films nacionales falte “El estudiante” de Santiago Mitre. La película debutó en el BAFICI llevándose el Premio Especial del Jurado, y más tarde repitió el mismo premio en Locarno. En mi lista de películas nacionales del año también figura “El estudiante”, pero no como “la mejor” sino como “la más interesante desde la perspectiva política”. Aunque la crítica en general la haya colmado de elogios yo encuentro cuestiones ambiguas muy ricas para analizar. No encontré ningún texto crítico en el que se profundizara en este tipo de cuestiones: lo que primó fue un consenso generalizado acerca de su rigurosidad formal, su preciso guión y sus buenas actuaciones.

El estudiante” es un film ingenioso, cerebral, intrigante, lleno de juegos dialécticos, cuyo tema es la traición. La película le sigue los pasos a Roque (Esteban Lamothe), un joven que llega desde su pueblo rural hasta la capital a estudiar Sociología en la Universidad de Buenos Aires. El recién llegado se muestra inocente y algo torpe en su forma de integrarse a un nuevo medio que se describe como politizado, competitivo y caótico. A través de sus conquistas amorosas va accediendo a círculos ligados a agrupaciones militantes que le abren los ojos respecto de la intrincada trama de relaciones dentro de la universidad.

Roque se revela como un hábil traficante de influencias, con un carisma especial para convencer a los estudiantes. Comienza una relación con Paula (Romina Paula), una de las líderes de un movimiento de izquierda estudiantil y, a través de ella, conoce a Alberto Acevedo (Ricardo Félix), un profesor universitario que no duda en manipular a los estudiantes para conseguir el cargo que le interesa: el rectorado.

De la ingenuidad a la picardía; de la lealtad a la traición: Roque aprende más de la vida en sus andanzas en los pasillos y los plenarios políticos, que en las aulas. El film llega a su climax (uno de los momentos más logrados) cuando, en una reunión política clave en la trama uno de los estudiantes evoca un famoso discurso que produjo un punto de inflexión en la historia política argentina: el del Día del Trabajador de 1974, cuando el General Perón echó a la agrupación Montoneros (grupo armado alineado a la izquierda peronista en los años 70s) de la Plaza de Mayo. Creo que se trata de un film que requiere de una lectura fina por parte del espectador para comprender la ambigua posición que toma respecto de su tema, a pesar de un final complaciente y previsible.

Es importante comenzar por precisar cuál es el punto de vista político de esta película. Ese punto de vista se sitúa en la vereda de enfrente de las agrupaciones de izquierda que sirven de marco a la historia: el punto de vista es el de la derecha. La crítica a esa izquierda caricaturesca atomizada en fracciones, viene claramente de un pensamiento de derecha y no desde el seno de la izquierda. Esto, a mi criterio, responde varias de las hipótesis que me plantee mientras la veía. Una de ellas fue que el protagonista, que termina convertido en “pichón” de líder político, no tiene ideología: no entiende por qué lucha. Sólo sabe que tiene carisma y un speech “combativo” que le confiere un gran poder de persuasión y un gran poder de seducción en la platea femenina.

La izquierda de “El estudiante” está reducida a un símbolo: jóvenes progres y pelilargos que vociferan consignas vacías frente a los pizarrones de las aulas. Visto a través del cristal de la derecha, la izquierda es un gesto patético cargado de mezquindad y un rancio anacronismo, sin olvidar el machismo y el verticalismo. Creo que esta lectura de la izquierda no es del todo errada, pero sí malintencionada. En todo análisis de un film la cuestión ideológica es una cuestión central que tiñe todos los demás aspectos. En este sentido me parece que un film que comparte la mirada política de “El estudiante” es “Secuestro y muerte” de Rafael Fillipelli.

Otra de mis hipótesis es que Santiago Mitre no se atrevió a hacer una película sobre la izquierda argentina. Suena menos arriesgado restringirla al ambiente universitario que situar la historia en el contexto nacional. Y otra, y la más importante a mi juicio, es la siguiente: Mitre construye una historia de ficción cargada de referencias políticas, pero en el universo ficcional que construye se “olvida” de tres hechos centrales en la vida política argentina: La noche de los bastones largos, la Masacre de Trelew y la Noche de los Lápices. En el mundo político de esta película es como si esos tremendos eventos que afectaron a los intelectuales más críticos dentro de la universidad, a la izquierda revolucionaria (en su gran intento de unión) y a los estudiantes organizados, no hubieran sucedido. Ni hablar de los 30.000 desaparecidos, entre ellos miles de estudiantes. Con esto no digo que Mitre se haya “olvidado”: todo silencio u omisión tiene una raíz política.


Además de la escena en la que se evoca el famoso discurso de Perón (¿un tabú del peronismo? creo que sí), mi preferida es la del encuentro de Roque con su padre. En ese diálogo en una confitería, junto a Acevedo y a Paula, los jóvenes preguntan por la militancia del padre en los años 70s y él termina cantando burlonamente la marcha peronista, y confesando que la cantó sólo una vez. En esa escena Mitre retrata a una clase media que en su momento coqueteó con la izquierda revolucionaria (esta es mi lectura) de la misma manera superficial y falta de compromiso ideológico con que lo hace Roque hoy.

Es interesante rastrear en los films argentinos estrenados este año el valor que se le da a la política y a la historia reciente en cada uno de ellos. En “Los labios” de Santiago Loza e Iván Fund, la política tiene esencialmente un valor negativo. Aunque “alguien” tiene que haber enviado a esas tres asistentes sociales a ese pueblito, no hay momento de redención de la política como fuerza de cambio y proyecto colectivo en ese film. En “Abrir puertas y ventanas” de Milagros Mumenthaler, los padres de las tres hermanas son desparecidos en el sentido de que lo único que hay de ellos es un garage lleno de cosas de las que nadie se encarga. Ni siquiera tienen nombre, son pura ausencia. ¿Cómo murieron o qué pasó con ellos? ¿Cómo se llamaban? ¿Eran profesores universitarios, como lo era la abuela de las chicas, la mujer que las crió? ¿Son desaparecidos? En el país de los desaparecidos el film alimenta la construcción de ese significado, pero no se ocupa de hacerlo frontalmente o no se atreve. Otra vez el silencio.

Por todo esto es que pienso que “El estudiante” está entre los films más estimulantes del año, si se deja de lado la lectura complaciente y la superficialidad tranquilizadora de las miradas que de críticas no tienen nada.

Cynthia Sabat

1 comentarios:

Jimmy The Saint dijo...

Hola Cybthia:

Ciertamente brillante tu reflexion y anàlisis. Te agradezco por la claridad de palabras y conceptos. Por cuestiones màs bien de principios no veré la película por el momento, ya que solo con la sinopsis desconfiè de que se encuentre entre las mejores pelìculas proyectadas en sala en el pais en 2011, pero a partir de tu critica ampliamente objetiva seguramente, podré ocupar ese tiempo valioso en alguna otra peli mas cercana a mis sentires. Nunca descarto mirar alguna de mis favoritas antes que alguna "pelicula del año".

Jimmy The Saint